El fantasma del voyerista alemán.

1404172841444-libro_el_funeral_felicidad459.jpg

Ya he publicado en esta misma página, un cuento de Patricio Riveros Olavarría, nace en Iquique en 1962 y para pesar nuestro, fallece en 2005. Afortunadamente este escritor iquiqueño siempre estará con nosotros, porque el está vivo a través de sus cuentos, que "arrojan", alegría, un gran humor, desplegan una entretención que basta leer el inicio de un cuento y no lo dejas de leer hasta su término. 

Me convertí, sin quererlo, en un lector asiduo a sus escritos, y todo por la calidad de sus escritos y los temas, que reflejan su vivir en diferentes escenarios, Chile, Holanda y Cuba, con una permanencia que lo hizo conocer desde "dentro" la cultura holandesa y cubana. Sus cuentos reflejan todo el quehacer de estos pueblos, con sus particularidades y los temas elegidos son de una esquisitez en esto de la literatura.

Pero, vamos con Patricio Riveros y sus historias... que aparecen publicadas todas en "El funeral de la felicidad", editorial Planeta. Biblioteca del Sur. Año 1997.

El fantasma del voyerista alemán.

QUE LOS MUERTOS CAMINAN por las noches, no es nada del otro mundo —dice Justino Mamani— porque aquí apenas se esconde el sol tras el cerro, empieza el aburrimiento de verlos pasar de aquí para allá y de allá para acá, como si el pueblo de San Lorenzo de Tarapacá fuera de ellos.

De todos modos hay que andar ojo al charqui, y no topárselos, pues son como un cuerpo de bruma; como las nubes, de las cuales uno se ha pasado la vida creyendo que son algodones sólidos y, sin embargo, los aviones las atraviesan sin problemas. En fin, resulta malo tropezar
con los del otro mundo, porque en ese cruce el muerto se lleva un pedazo del alma del vivo. Bueno, está claro que los muertos que caminan son todos aquellos que no pueden descansar en paz, por eso yo trato de portarme bien, para después no pasarme la muerte
hueveando a los vivos. Además, a los pobres infelices los ayudo a que regresen a sus sacros aposentos y se queden para siempre en el descanso eterno.

Desierto-de-Atacama.jpg

Las pocas calles del polvoriento recodo, en pleno desierto de Tarapacá, llevan siglos secándose al sol, el cual a través del tiempo no ha tenido el más mínimo descanso pues, del mismo modo que las patas de los caballos o el duro mazo del molino hacen harina del trigo, el fuego solar ha hecho talco de la tierra. Allí hay un polvo tan fino sobre la faz del suelo, que quedan registradas las señas del caminar sin ruido de los insectos. De ahí que por las mañanas no cueste mucho fijarse en las pisadas de los fantasmas que han estado toda la noche dando
vueltas.

Don Justino ha dedicado toda su vida, aprovechando la gran fiesta de San Lorenzo, a hacer que los muertos errantes descansen en paz y dejen de dar lástima dando vueltas sin sentido por las calles, y hoy por hoy son más bien pocos los que se pasean en las noches de San Lorenzo de Tarapacá. No como en Iquique —afirma don Justino—, donde hay tanto muertos rodando por las noches, que la ciudadanía se está quedando sin alma. Claro, los fantasmas allí son mucho más recatados, no andan paseándose por la Plaza Prat ni por el parque Balmaceda, aguardan al acecho en los lugares oscuros y, cuando ven por ahí a un tipo medio borracho o volado, se cruzan. Los iquiqueños no se dan ni cuenta. Hace un par de meses fui a abrirles los ojos, a advertirles que de nada sirven la Zona Franca y todas las modernas torres de departamentos que llegan al cielo, si se están quedando desalmados. Lo dije en varias emisoras de radio y en los dos periódicos locales, y lo único que conseguí fue la sugerencia engreída de que fuera adarme una vueltecita por el psiquiátrico. Allá ellos que no quieren ver el por qué se ven tantas personas con los ojos apagados, tantos individuos pensando en sí mismos, y tantos divagando como zombis.

"Atacameños". Altiplano de Chile.

Quienes pierden más aceleradamente el espíritu son los drogadictos, pues duermen de día y salen de la cama a la misma hora que lo hacen los ladrones de almas. A mí se me ocurre que los drogadictos se levantan sólo a tirar el espíritu a la chuña. Bueno, qué le voy a hacer, aunque me tomaran en serio, en Iquique no puedo hacer nada. Son demasiados los muertos pecadores y andariegos para este viejo desmedrado y carniseco.

La fiesta religiosa de San Lorenzo de Tarapacá es mucho más pequeña que la de la Virgen de La Tirana, en tanto acuden menos cofradías, menos devotos y menos observadores.
Sin embargo, la naturaleza del pueblo en cuestión es mucho más atractiva. San Lorenzo, de casas de greda y piedras, está enclavado en una quebrada estrecha de no más de un kilómetro de ancho y entre dos paralelas de cerros pelados de unos doscientos o trescientos metros de altura tendidas de este a oeste, las cuales abrigan un valle de un verdor que aunque escaso, sólo en el desierto se ve tan verde y tan esperanzados El sol, allí, desaparece temprano. No son ni las cinco y media de la tarde cuando se manda a cambiar tras los montes; y como San Lorenzo de Tarapacá está pegado a ellos, rápidamente el pueblo se cubre de una sombra fresca.

Templo-San-Lorenzo-de-Tarapac_.jpg

La torre de la iglesia, de unos veinte metros de piedras, parece un gigante al lado de las casas chatas y de techo raso que conforman calles estrechas. Cerca de éstas se halla el notorio verde de largos pastizales, de palmeras y de otros árboles que están vivos gracias a un hilo de agua que a veces crece y se transforma en río. El sol no se aburre de caer todos los días tras un cerro solitario y empinado, tendido de norte a sur, entre las dos hileras de montes que conforman la quebrada. Sin embargo, quel cerro cruzado no alcanza a cubrir el ancho del valle, de modo que por ese mismo espacio el hilo de agua sigue su curso y a su vez se cuelan, en cada atardecer, los rayos crepusculares del astro rey, los cuales se proyectan en las hileras de cerros. Como estos promontorios son lisos, como no tienen ni un mísero tamarugal, se transforman en monumentales pantallas donde el sol juega a hacer colores, como lo hacía Mondrian en sus telas. Da la impresión de que la pantalla más grande del mundo se está incendiando y a esa hora del día nadie duda que el desierto tiene sus buenas cartas de belleza
guardadas bajo la manga.

fiesta_de_san_lorenzo_de_tarapac_.jpg

La noche de San Lorenzo es la misma fiesta de estrellas que se da en toda la pampa, fogosa y a todo trapo; la que comienza tímidamente cuando el sol acaba por irse a dormir tras el estéril horizonte. Las estrellas se asoman de a poquito a poblar el techo pampino; y una vez
que cada una, tan obediente, se posa en el mismo lugar de hace millones de años, es que los muertos comienzan a salir de sus tumbas.
Al final de cuentas, Justino Mamani era el único lugareño que se había apiadado de las almas vagabundas de los muertos. Tenía ochentaiocho años de edad; era viejo, chico y delgado, de sienes hundidas y mirada nublada; usaba el pantalón atado fuertemente con una vieja correa,
ya que no tenía mucho de dónde agarrarlo. La ausencia de carne en su anatomía de lástima, hacía enormes bolsones de aire en lugares en que los seres humanos normalmente tienen cuerpo.

"Chocolulu". Altiplano de Chile.

Pero, en fin, la fortaleza mayor en la vida de don Justino era el parapeto de rocas que anidaba en su espíritu. No hubo golpe de la vida que le quitara las ganas de vivir y siempre tuvo la gracia impagable de depositar alegría en donde pusiera sus arrugados piececitos de niño. El había descubierto el hecho maravilloso de que bastaba colocar una vela en la iglesia del pueblo, el día de San Lorenzo, en memoria del occiso errante, para que éste dejara de andar patiperreando por el mundo de los vivos. En dicha vela debía ir escrito el nombre del muerto en cuestión, pero, además, el depositante debía saber del pecado o los pecados cometidos por el difunto, para repetirle al santo de yeso una y otra vez que lo perdonara por tal o cual fechoría. De ahí que ha habido meses en que no se ha visto a ningún muerto caminando bajo las obedientes estrellas de San Lorenzo. Aunque hubo uno que le sacó a
don Justino las pocas canas que tiene. No había modo de hacer entrar en los predios del silencio al espíritu de quien fuera en vida un nómada alemán.

Don Justino no conocía los pecados de aquel muerto porfiado e irreverente y por más que los supusiera y los declamara postrado a los pies del santo de yeso, el difunto seguía caminando, al punto que a los lugareños se les hizo familiar y, si no hubiese sido por esa mala
costumbre que tienen los muertos de irles robando de a poco el alma a los vivos, lo habrían invitado a jugar al cacho o a compartir unos vasos de vino. No obstante, don Justino logró enterarse de mera casualidad, el día menos pensado, de los pecados del alemán, ya que el mundo suele ser chico, por mucho que saque pecho con sus enormes cordones montañosos, por mucho que se crea el guapo con sus eternos desiertos, sus selvas gigantes, o sus océanos de nunca acabar.

El conocido fantasma había sido un alemán trotamundos llamado Fedor van der Kontje, quien en un día de San Lorenzo, por querer fotografiar la fiesta desde el campanario, pisó una piedra suelta en la orilla de la cresta de la torre, y cayó al vacío gritando una palabra que nadie
entendió y que fue la última que pronunció en su vida: \sccchefsseeeeee\ —dijo rayando el vacío con un grito de muerte. Pero su deceso no fue en vano. Había caído todo su cuerpo de gringo grandulón sobre la existencia de mierda de un sádico, que en la historia reciente de nuestro país se había dedicado al muy indigno trabajo
de arrancarles información, en sesiones de tortura, a presos políticos.

—Y mire que tampoco fue fácil hacer descansar a ese infeliz malandrín del flagelo —explicó don Justino—, es que no me lo querían aceptar, pareciera que los demás muertos se habían sindicalizado para evitar el ingreso del sádico en el sacrosanto campo del descanso eterno. Al final tuve que llevar un cirio descomunal, de esos que se cargan en el hombro, y leer repetidas veces la lista de los detenidos desaparecidos y fusilados del norte, rezando por las almas de aquellos asesinados, y diciendo repetidamente que Arcadio Max Schweitzer Valverde —porque más encima así se llamaba el machucado ese— se arrepentía profundamente de los sufrimientos físicos y síquicos que le había causado al prójimo. Y fue así de la única forma en que el Swcheitzer Val verde ese, dejó de vagar por las noches del pueblo.

Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá. 2010.

Fedor van der Kontje era un alemán de Hamburgo con todo el sello desaliñado que tienen los nórdicos, tosco para el baile y rigurosamente ahorrativo en el gasto del dinero, desapasionado en el amor y metódico en sus actividades, alto y encorvado como un semáforo, de una piel lechosa que bajo el sol del desierto se tornaba colorada, rubio como
los pelos de un choclo, de mucha frente y acorralado por la alopecia, de rostro enjuto y quijada prominente; sin embargo, poseía los ojos azabaches como la más oscura bola de billar, cosa tan extraña en un alemán auténtico como los azules en un natural del África negra.

El delirio de Fedor era la fotografía, y sus pecados difíciles se afincaron cuando se adueñó de la primera cámara fotográfica. Era propietario de un voyerismo congénito heredado de su abuelo neerlandés, quien trabajó de sirviente en uno de los cuarenta palacios de la familia real holandesa. El abuelo de Fedor había sido expulsado de los Países Bajos porque se le sorprendió, in fraganti, mirando el desnudo de dieciséis años de la entonces excelentísima infanta Beatriz —hoy reina de Holanda— a través de un hueco secreto en una de las paredes del
secular baño de damas. Gracias a ese orificio varias generaciones de voyeristas holandeses saciaron sus ganas patológicas de mirar. Esto del voyerismo tiene su larga y vieja historia, y no hay princesa ni reina que se haya salvado de él.

Los días de sol en el corto verano de Hamburgo, el enorme puerto alemán que vio nacer y crecer a Fedor, llenaban de una alegría inusitada a los rubicundos habitantes, quienes hacían un carnaval de aquellos asoleados momentos. Las terrazas se transformaban en aglomeraciones
de bebedores de café y cerveza. En Hamburgo daba la impresión de que era indigno reírse en invierno, que eran descabelladas las carcajadas bajo el techo de nubes grises del otoño, y que todo lo lúdico, toda la hilaridad, era guardado para el corto verano de sol, al fin redondo y caliente. Aparecía el fugitivo sideral abriéndose paso a duras penas entre los grises algodonales del cielo triste y llorón de Alemania, y la vida era otra; se asomaba el ardiente astro con toda su luz, con todo su
fuego reavivador, y las alemanas se volvían locas, y prácticamente
desnudas se echaban a la calle, con la esperanza de que la piel tomara el envidiado color de los habitantes del sur europeo.

Pero si había alguien que enloquecía con el sol, ése era Fedor. Desde muy joven, encaramado en el techo de su edificio, montaba estratégicamente su telescopio en un trípode —que era como el ojo de su alma— en dirección al parque de su barrio, y dejaba que sus ojos fueran felices dando botes sobre los rosados senos desnudos de las alemanas. Pero además su corazón tomaba caminos sinuosos, provocándole a Fedor hondos suspiros de lujuria. Cuando contemplaba a las parejas pegadas en besos lúbricos, era tal su grado de fervor, que se le fijaba en el pecho el deseo de verlos consumar el ardor, y de paso
saciar su sexualidad. Para Fedor el paraíso hubiese sido contemplar aquel parque encendido por la vehemencia y el deseo de cientos de parejas amándose al aire libre.

Fue entonces, en esos cortos veranos de su primera juventud, cuando descubrió qué rostro tenía su pasión; fue ahí que tuvo la certeza de que su arrebato era el ser un oculto espectador del ejercicio del amor.
Desde entonces se dedicó a buscar mujeres que se acostaran con otros ante su vista escondida. En estas andanzas no le fue tan mal, hasta que se enamoró de Marta, y no hubo forma de que ésta accediera al exhibicionismo.

Marta era de padre chileno y madre alemana. Pequeña y de cara redonda cubierta de una tez blanca como si fuera una pelota, de pelo muy negro y duro, con un par de alicaídos ojos castaños que daban la impresión de desamparo cuando, en realidad, había muchísimos chilenos que la amaban por su ternura. Marta poseía una belleza
discreta, que aumentaba cuando uno se dejaba llevar por la cadencia de su voz dulce. Fedor pensó que ella estaba sola en el mundo y que sería fácil enamorarla y llevarla al dominio de sus fantasías sexuales. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, pues Marta arrastró aceleradamente
a Fedor al terreno de ella. Lo hizo interesarse en la cultura latinoamericana, lo vio preparar platos chilenos, tenía en las paredes de su casa fotos de Pablo Neruda, del Che Guevara y Salvador Allende, escuchaba la música de Silvio Rodríguez, de Atahualpa Yupanqui, de Violeta Parra y de Amparo Ochoa; frecuentó las actividades político culturales de la diáspora latinoamericana, y cuando estuvo a punto de decirle que quería emprender estudios de la lengua castellana, en Hamburgo salió el sol como nunca, y lo único que quiso fue que Marta estuviera tendida en el parque, con los pechos al sol y él dando botes en ellos a través de su telescopio de trípode. Fue entonces cuando empezó primero con que quiero fotografiarte desnuda, que ponte así, y ponte asá, y luego, veamos esta película porno que está como para no perdérsela, y vamos, mujer, siente lo bueno que es exhibirse, siente la inconmensurable pasión de ver los cuerpos excitados.

Cuando Fedor la golpeó duramente para que entendiera y aceptara sus exigencias de voyerista, se le dejaron caer como furiosa jauría los chilenos que adoraban a Marta, quienes le dieron la mayor paliza de su vida. Golpeado, y desgarradas las paredes de su corazón por la definitiva pérdida de Marta, acudió a un sicólogo solicitando ayuda para acabar con el voyerismo heredado de su abuelo holandés. Después de un cúmulo de sesiones, el profesional de la siquis dijo muy seguro de sí, que era imposible desarraigar sus instintos desproporcionados de usar la vista, pero que, sin embargo, ese anhelo de ver podía canalizarlo de otra forma, por ejemplo, contemplando las exuberancias de la naturaleza.

Fedor hizo caso, vendió el ojo de su alma y todo su arsenal de pornografía acumulado durante muchos años, e inició un largo periplo por Latinoamérica.
Cuando llegó a la fiesta de San Lorenzo, hacía cuatro años que andaba dando vueltas de anacoreta por el continente americano, y cuando subió a la torre de piedras de su muerte, con el fin de fotografiar la fiesta religiosa, ascendió lentamente, pisando cada peldaño, y con el recuerdo de Marta clavado en su mente. Sí, le vino de golpe un muy vivo recuerdo de ella. ¿Cómo diablos fue que se me ocurrió obligarla a exhibirse con otro tipo?, dijo sin tener, por primera vez en su vida, nada de voyerista en la retina de su cerebro.

campanario..jpgAl llegar a la cúspide de la torre posó su mano sobre la campana. Nunca en su vida había tenido tantos deseos de poseer a una mujer, y propiamente tal, a Marta. Fue ahí que se sintió realmente enamorado de ella. Percibió un amor tan puro, que le hubiera gustado abandonar
su cuerpo a un río de aguas diáfanas, y llegar, como leña otoñal, a los brazos de ella.
A un par de minutos de la muerte, nada hubo más transparente y puro, en su vida, que ese súbito sentimiento de amor. Después de cuatro años de no verla la amó como nunca, la necesitó como jamás había necesitado a una mujer, pero ya estaba en la cresta de ese promontorio
de piedras. Hubiera querido con todo el corazón cerrar los ojos y, al abrirlos, aparecer en Hamburgo. Con dedos trémulos y el llanto dando vueltas en su garganta, avanzó un metro hacia el vacío, preparó el lente para fotografiar una cofradía, y disparó una foto, la última de su vida.

Luego, usando el zoom, se acercó a retratar el baile de un diablo, y vio a través de la máquina, casi pegada a su nariz, la cara blanca y redonda de Marta. La vio sonriendo, sonriéndole como solía hacerlo antes de
la agresión, y su primera reacción fue dar un paso, como queriendo ir a ella. Lleno del deseo de abrazarla, pisó una piedra suelta del borde de la torre, y cayó desgarrando el aire con el scheiseeeeeeeeee, grito de horror que se apagó sobre el cuerpo del sátrapa de la tortura.

Ocho años estuvo el fantasma del voyerista dando vueltas bajo las estrellas de San Lorenzo, hasta que la pequenez del mundo permitió que el marido de Marta —un chileno que la desposó después de haber participado en la paliza que le cambió la vida a Fedor— fuera a San Lorenzo con un equipo de la televisión alemana. Al reconocer el nombre de Fedor en una cruz de madera, buscó flores, tal vez por un remordimiento tardío, ya que los mismos justicieros chilenos estimaron en su día que la réplica al germano degenerado había sido demasiado
contundente.

—En este pueblo no hay flores propiamente tales—, le dijo al marido de Marta una vieja lugareña—, las únicas flores que hay en San Lorenzo son de papel, y las hace don Justino.
El camarógrafo le contó a don Justino lo que sabía de Fedor, y a partir de entonces al anciano sólo le costó una vela acabar con el aburrimiento de ver cada noche el fantasma del voyerista alemán.

Fotografías: 1) Portada del libro "El funeral de la felicidad". 2) Desierto de Tarapacá. 3) Templo de San Lorenzo de Tarapacá. 4) Campanario.

|

Comentarios

Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar