Las dos caras del gotán. Patricio Riveros Olavarría.

libro_el_funeral_felicidad459.jpgSi ustedes se dan cuenta, nuevamente estamos con Patricio Riveros, que en un artículo anterior, nos informó Reinaldo E. Marchant, de su fallecimiento, y como terminé ese artículo diciendo: "las personas no mueren, solo si usted no los recuerda, ahí si mueren"...

Acá estoy otra vez con Patricio, disfrutando de sus cuentos e historias, que nos traen mucha alegría y un mirar la vida en forma positiva, es por esto mi admiración por este escritor chileno, de Iquique, con una prolongada permanencia en Holanda y Cuba, en la primera vivió un exilio que no buscó y en la segunda estudio Periodismo en la Universidad de La Habana. Es por esto, que sus escritos están relacionados con estos países y Chile, que es donde pertenece Patricio.

Vamos con un cuento, que es muy decidor donde une estas estadías... cuento aparecido en el libro "El funeral de la felicidad".

Las dos caras del gotán.

CARINA GOEDHART PISÓ UN PIE de Benjamín Pérez en el Tuin, un bar concurrido del Jordán, barrio estrecho pero hermoso de la capital holandesa. Él acusó el pisotón con un ¡ay! de dolor, entonces ella echó mano de sus más selectas mieles y lo arregló todo con una sonrisa, y continuó camino al baño dejando el pie de Benjamín, gracias a los
poderes mágicos de la gente bella, jubiloso dentro de su zapato.

"Por una cabeza".C.Gardel y A. Lepera.Canta Ricardo Olivera.

La sonrisa de Carina tenía luz propia, como los seres que habitan en las profundidades del mar. El Tuin estaba lleno de gente y había tanto humo de cigarrillos que se podía fumar el aire; para verles la cara a las personas había que sacudirse el humo a manotazos.

Así que Benjamín decidió marcharse en busca de un café más sosegado, y ¡oh, sorpresa!, también se había mudado al nuevo local la de la santa sonrisa. Ni corto ni perezoso, y sobre todo envalentonado por los tres vasos de cerveza que había bebido, se arrimó a la mesa donde
estaba ella.

—Hey, ¿acaso tú no eres el del pie mal estacionado? —preguntó la muchacha—. ¿Qué pasa que te encuentro en todas partes?

Benjamín, a quien ya casi no le quedaban pestañas de tanto estudiar holandés, dijo con fluidez:

—Digamos mejor: el del pie feliz, porque lo tenía lesionado y después del pisotón nunca lo he sentido tan bien dentro de mi zapato.

Ambos sonrieron y se tendieron la mano. "Benjamín". "Carina". Y un "mucho gusto" a dos voces. Cuando él le dijo que era uruguayo, ella le dedicó su mejor sonrisa. "Yo hablo español, lo aprendí en Argentina". Dijo eso y en ese momento pusieron un tango y él, sorpresivamente,
dio media vuelta y se fue. "Perdón, tengo que irme", fue lo único que alcanzó a decir. Carina quedó boquiabierta, no sólo por el montón de palabras que se le atragantaron sin poder llegar a Benjamín, sino por la
forma grosera en que él se había marchado.

"La puñalada". Orquesta Matos Rodriguez.

Cuando a la diosa casualidad le da por hacer de las suyas, las hace. Al cura holandés de la Casa Migrante de Hispanoparlantes se le habían enfermado las tres asistentes y de una agenda repleta de nombres fue a Carina a la que llamó; y Benjamín, que iba tarde, mal y nunca a aquella casa de asistencia social, se apareció por allí justamente esa mañana de llovizna tupida, cuando Carina fue a auxiliar al cura.

Ella lo reconoció a través de los visillos y con los ojos muy abiertos le preguntó al sacerdote si conocía a ese que leía el periódico. El cura se puso los lentes, estiró el cuello y respondió: "Sí, es un antiguo preso político uruguayo. Hace tiempo que no venía por acá. Dicen que es buen pintor y buena persona".

El sacerdote recogió el cuello y se quitó los espejuelos. Carina agregó un comentario: "Debe ser un tipo extraño. Hace algunos días lo conocí en un bar del Jordán, comenzarnos a charlar y en el momento que le aclaré que yo hablaba español me dijo que debía irse, y sin más se fue. ¿Qué lo ahuyentó? No habrá tenido ganas de hablar español o quizás era muy
tarde para él. No sé. La cuestión es que me dejó con la palabra en la boca. O a lo mejor el tango que pusieron".

"La cumparsita".Canta Ricardo Olivera.

El cura volvió a estirar el cuello y a ponerse los espejuelos buscando los ojos celestes de Carina. "¿Qué dices? ¿Un tango?" Y Carina: "Sí, un tango. Pero ¿qué tiene que ver un tango? Lo dije sólo por decir".

"Carina —dijo el clérigo casi en un susurro—, te voy a contar algo estrictamente confidencial que me contó un colega uruguayo que logró la libertad de Benjamín..."
A Benjamín lo habían torturado reiteradamente y el verdugo, mientras hacía su trabajo de mierda, escuchaba tangos a todo volumen en una victrola vieja manchada de sangre.

Sí, hay panaderos que amasan y hornean el pan sagrado escuchando música; hay zapateros que les devuelven la tranquilidad a los pies de uno remendando con un fondo musical; y también hay hijos de puta que oyen tangos cuando trabajan. Le contó que más de una vez lo colgaron de los pies horas enteras, maniatado, con un audífono sujeto en la cabeza por el que se oían tangos sin parar a todo volumen.

"El día que me quieras". Orquesta Matos Rodriguez. Canta Ricardo Olivera.

Cuando el sacerdote terminó su relato, Carina tenía el cuerpo crispado y dos regueros de lágrimas corrían desde sus ojos hasta las comisuras de sus labios. Se las secó de un manotazo y dijo: "Padre, usted sabe que yo
soy profesora de tango". Pero éste, preocupado de sus propios asuntos, apenas la escuchó. Eran las 9.30, hora en que él bajaba al subterráneo a enseñar el holandés.

"Bueno, Carina, ya sabes que debes atender las consultas por orden de llegada".
El primer turno le correspondía a Benjamín. No habían pasado ni tres días desde la noche del pisotón y ahora estaban otra vez uno frente al otro, a menos de un metro de distancia.

—Parece como si la anduviera siguiendo —dijo él con timidez, sin mirarla a los ojos.
—No te preocupes, a veces el mundo es pequeño.

Sobrevino un silencio denso, parecido a los que se producen antes que los jueces dicten su veredicto. Mientras él ocultaba el rostro ruboroso, ella se atrevió a mirarlo a los ojos tratando de llegar a través de ellos hasta el fondo.

Desde que sus lágrimas se derramaron por el relato del cura, ella se sintió comprometida con aquel hombre.
Pensó de inmediato que él necesitaba amparo, mucha comprensión, algo de esa cosa sublime llamada amor.
Por eso Carina rompió el silencio haciéndole sin ambigüedad algunas preguntas francas y hasta osadas.

—¿Tienes mujer?
Benjamín la miró por fin a los ojos.
—No —dijo, con voz dificultosa.
—¿No te gustan?
—Bueno, claro que sí, no es por marica que he tenido problemas en mi vida.
—¿Te soy muy desagrable?
—¿Cómo podría caerme mal una persona que no conozco?

A ella le habría gustado proponerle que se acostaran aquel mismo día; si se atraían y ambos estaban solos, por qué no meterse ya bajo las sábanas, si al final todo termina allí. Decirle con toda su alma que no se preocupara, que ella iba a cuidar de él. Pero se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y lo único que se le ocurrió fue echarle en cara lo del bar.

Benjamín respondió dando una excusa tan infantil que el bochorno le subió otra vez al rostro: "Perdón, es que a veces me ahogo y
debo tomar aire fresco".

"La última curda". Orquesta Matos Rodriguez. Canta Ricardo Olivera.

Carina no era una de esas holandesas que, a falta de sol, iluminan ellas a su paso las calles; de esas que hacen que uno se sienta miserable y poca cosa. De presencia modesta, sus ojos celestes eran, sin embargo, diáfanos y afables; de trato dulce, tenía la buena costumbre de mostrarse cortés; pertenecía a esa clase de personas que, por poco que se escarbe en su vida, uno advierte rápidamente que se trata de un ser maravilloso.

Creció en Haarlem al amparo de un par de abuelos tristes. En su infancia se arrancó muchas veces de la vista de los desolados ancianos para ir hasta el tranquilo río Spaarne, que nadie comprendía cómo podía llegar al mar.

Cada vez que Carina oía la canción de Boudewijn de Groot que hacía referencia a este río melancólico, no podía evitar acordarse de los años mustios de sus abuelos y sentir por ello una gran congoja que le anudaba la garganta y que sólo podía calmar soltando algunos
lagrimones. El velo de tristeza de su rostro, apenas perceptible, su aire de orfandad, venían de los inviernos vividos en la soledad, tantos y tan largos que casi la condenaron a la enajenación.

Carina había subido muchas veces en su bicicleta para ir a llorar por los canales; no sabía en esos instantes qué hacer con su tiempo y con su
vida.
Fue el tango —o el gotán, como dicen en el río de La Plata— el que le dio sentido a su vida. Un amor a primera vista, o a primer oído, del que nunca más se desprendió.
Se pasó cuatro años en Argentina y regresó a Holanda convertida en profesora de tango. A sus treinta y dos años era quizás quien más sabía del tema en Holanda.

Sin contar con su gran colección de discos. Su mayor afán era tener su propia academia de tango, pues se había aburrido de prestar servicios en escuelas en las que, según ella, no se llevaba el tango en el corazón, y donde el gran Garlitos parecía llamarse Florín Gardel.

"El choclo". Orquesta Matos Rodriguez.

Benjamín era más bien pequeño, con una calvicie prematura para sus veintiocho años. De todas formas jamás dejó de agradecerle a la naturaleza las virtudes recibidas. Vivía tranquilo, pues sabía que contaba con lo necesario para no andar dando tumbos por la vida, y tenía claro que aunque una apariencia física bella nunca está de más, la felicidad no es posible sin fantasía, sin imaginación, sin el bienestar y la dicha que hay tras el arte de la palabra escrita, apoteosis de la comunicación.

Lo que sus carceleros jamás adivinaron fue lo feliz que se sintió leyendo. Jamás adivinaron, los muy brutos, su alborozado viaje cotidiano al mundo de la literatura.
Jamás sospecharon que a pesar del inhumano trato que le daban iba a salir del encierro más humano.

Fue eso lo que lo ayudó para no detenerse a revisar detenidamente el físico de Carina. El sabía que el machismo latinoamericano condena a las poco agraciadas a la mayor indiferencia. Se lo había dicho una periodista cubana la vez que él fue a la isla mayor del Caribe a mostrar sus
pinturas: "Mira chico, tú no sabes lo que he sufrido aquí en Cuba por no tener un par de buenas nalgas".

Y así estaban, uno frente al otro, callados después de la intrépida arremetida de Carina. Ambos olvidados completamente de que uno estaba ahí para consultar asuntos de la burocracia holandesa y la otra para responder.
Ambos mirándose ya decididamente a los ojos, buscando en ellos la certeza de que al destino se le había antojado juntarlos. Hasta que Benjamín se sintió plenamente iluminado por la luz de la mirada de ella y que ya no había una pizca de irresolución en su ser.

—¿Tienes horno? —preguntó.
—¿Cómo? —dijo ella.
—Pregunto que si acaso tienes horno, pues me gustaría hacerte unas empanadas chilenas que un amigo me enseñó a preparar.
—Ah, sí, tengo horno y también ganas de comer empanadas.

La única licencia que se permitió ella fue ocultar su profesión.
Decidió por temor esconder su pasión por el tango.
Todo lo apostó a que él se enamorara; ya vendría, tras la satisfacción que da el amor, el tiempo de ir soplándole de a poco su irracional pasión por el tango.
El día que Benjamín fue a hacerle las empanadas, ella guardó todo lo relacionado con la música de sus amores. Las paredes quedaron desiertas. Sacó afiches y fotos. Llevó a la bodega su variada colección de discos.

Portada_blog_de_tango.jpg

Un busto de Gardel sonriente fue a dar a un rincón oscuro.
Guardó todo, o así lo creyó, porque había olvidado su diploma de profesora de tango que colgaba en la pared, arriba de la estufa. Cuando Benjamín se apareció con un ramo de tulipanes amarillos, ella abrió los ojos como un pescado (siempre que se impresionaba abría así los ojos), pero no por las flores sino porque en ese preciso momento se acordó del diploma de su profesión secreta. Imaginó a Benjamín frotándose las manos en el calor de la estufa y leyendo las letras góticas de su diploma.
Entonces le indicó el camino a la cocina, le enseñó el horno y luego lo hizo sentarse en un taburete.

—¿Qué quieres tomar? —dijo con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué? ¿No me vas a enseñar tu barco?
—Sí, sí, enseguida.
—Bueno, eeeh, ¿tienes jugo de naranja?
Carina le sirvió con premura.
—Ahí está, señor, y perdóneme, vuelvo al instante
—dijo, ahogada, y partió a desactivar la bomba que colgaba en la pared.

Benjamín estaba orgulloso de sus empanadas, porque Carina se comió tres, y si no se atrevió con una cuarta fue para no pasar por glotona.

—Repito, te quedaron muy buenas.
—Fueron condimentadas con bastante amor —dijo él, llevándose a los labios una copa de vino.

Ella se puso de pie, tomó un trago de aquel buen tinto de La Rioja, se sentó en las piernas de él, le echó los brazos al cuello y le fue llenando la cara con sus besos. Benjamín cerró los ojos y se entregó, como un infante feliz, a la dulce iniciativa de Carina. Lo llevó de la mano a la cama como se lleva a los niños a la escuela. Lo desvistió con la ternura que ponen las madres cuando se les queda el hijo dormido con ropas, y husmeó todo el cuerpo de Benjamín, como si él fuese un cachorro recién parido.

A ratos el agua del canal estaba quieta, y a Carina le daban unas ganas locas de echarse a correr sobre ella. A ratos era un solo espejo grande en el cual el sol apenas podía verse la cara porque las nubes se lo impedían; era sólo una lámina de plata, cuando no había brisa ni había
pasado una familia de patos ni embarcación. En la habitación de Carina había un gran ojo de buey, a través del cual contemplaba por largo rato el paso de las aguas peinadas por el viento; tenía también una
escotilla que abría en las noches del fugaz verano holandés para que entrara la luna y el cuarto se llenara de estrellas.

Ella vivía en uno de los tantos barcos atracados en los canales del corazón de Amsterdam, de modo que tres semanas después de las primeras empanadas ambos navegaban en la plenitud del amor.

Fue en medio de esos días de dicha que explotó la bomba. Carina ya estaba decidida a ir descubriéndole de a poquito el secreto de su pasión arrebatadora por los tangos, cuando Benjamín se enteró por un argentino de la profesión de ella.

—¿Crees que estoy loco? ¿Acaso uno no puede tener su trauma? —preguntó Benjamín furioso—. Alguien tiene que haberte contado lo que no le he dicho a nadie. ¿Qué pensás, que uno no tiene su corazón? Ahora que me sentía el capitán de este barco, resulta que eres profesora
de tango. ¿Qué voy a hacer con una profesora de tango? Pero qué pavada más grande, che loca. Qué burla de la vida.

Carina quedó paralizada por el espanto, inmóvil como las aguas del canal. Hubiera querido decir algo pero no se le ocurrió nada. Benjamín partió y ella corrió entonces a la proa, sacó la cabeza por la escotilla y le dijo en holandés, porque las cosas más sensibles se las decía en
su lengua: "Te voy a estar esperando".

Esperó tres semanas, pero como el capitán no volvía le escribió una carta con palabras que fue a buscar en lo más recóndito de su corazón.
Le dijo que tres años antes su barco casi se había hundido y con él su vida. Hastiada de abrir los ojos por las mañanas, saber que disponía de todo su tiempo pero que no sabía qué hacer con él. Había pasado todo un invierno con el barco inmovilizado en medio de las aguas congeladas, llorando de sólo pensar que debía levantarse y comer, porque tú sabes que aquí en Holanda se puede vivir sin hacer nada, si no tienes trabajo te dan guita y te dan el tiempo y el ocio que quieras.

Un invierno entero llorando; llegó la primavera y seguía llorando. Una
noche olvidó cortar el agua que llena el tanque del barco, el depósito se rebasó y la sala de máquinas comenzó a llenarse de agua; su cama amaneció flotando y el barco se estaba hundiendo. El nivel del agua del canal había alcanzado ya el gran ojo de buey y bastaba abrirlo para
que el barco y su vida se fueran a la mierda.

En eso sonó el teléfono en la cabecera de su cama, que ella tomó sólo para decir "por favor, avísenles a mis abuelos que son lo único que he amado", pero era justamente la abuela quien llamaba, para decirle mientras lloraba calladamente que el abuelo había muerto. Las últimas palabras del anciano habían sido para su nieta: "Dile a Carina que nunca
deje de luchar por la vida". Ella caminó entonces con el agua hasta el cuello a cerrar la llave de paso, llorando por su desgracia y por su abuelo amado; se fue después a casa de una amiga mientras le secaban el barco, y la amiga, por las mañanas, antes de servirle una taza de té
o quizás de café, antes de desearle los buenos días, ponía discos de tangos, y la primera mañana en que se levantó al compás de un tango sintió una ráfaga melodiosa que se llevaba al carajo todo lo malo que le llenaba el alma de desasosiego. Esa misma mañana se enamoró de
esa música: sintió que la hacía fuerte, que el tango no significaba muerte sino vida.

"Sueño de juventud". Orquesta Matos Rodriguez. Canta Elsa Morán.

Benjamín leyó la carta muchas veces y terminó por recordar los días de su infancia en la calle Francisco Llambí del barrio Pocitos Viejo; se acordó de aquellos salvajes partidos de fútbol donde se enfrentaban hasta cincuenta jugadores en medio de un carnaval de patadas. Se acordó
cómo los adultos sacaban las victrolas para afuera y llenaban con aires de tango la calle empedrada. Se acordó cuando besó en la playa Pocitos al gran amor de su infancia y los ritmos de tango llegaban hasta allí. Se acordó de que había existido para él Romeo Gavioli: famoso por su orquesta típica en que tocaba candombes fusionados con el tango. Se acordó de lo que se resistía a reconocer: que su vida había estado plena de cosas hermosas siempre asociadas al tango.

Esa era vida, aquellos días de su infancia, con candombes, con esos partidazos a muerte, con Romeo Gavioli, con Carina en Holanda quién sabe dónde mientras él le tomaba la mano a la piba esa en la playa Pocitos Viejo y las victrolas hacían saltar con tangos los adoquines
del trozo de calle donde jugaba fútbol. Esa era vida, "y qué pasa, che loco, que está por salirme una lágrima, y qué pasa, Carina, que no estás aquí".

Es cierto, el tango no significa muerte sino vida. A Carina, que regresaba del bar del pisotón de su primer encuentro con Benjamín, le faltaban tres cuadras para llegar al barco y ya escuchaba la música saliendo de su morada.

"Quejas del bandoneón". Orquesta Matos Rodriguez.


Benjamín había abordado el navio como podía hacerlo un polizón: abrió luego las puertas, las escotillas, y todos los ojos de buey, subió al máximo el volumen del tocadiscos y todo el canal se llenó con la música de tangos.

Nota de FyCCh., y este editor: Como un homenaje a este escritor chileno, poco difundido en nuestro país, pero que acá lo entregamos para que ustedes disfruten de su escritura.

La Música: Orquesta Uruguaya de tangos Matos Rodriguez. Cantan: Daniel Cortéz, Ricardo Olivera, Elsa Morán y Jorga Nasser. Album: Cumparsitango.2006. Sello: Productor Fonográfico Sonidor S.A.-Uruguay.

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