A Jenaro Prieto, todos lo conocemos por su novela "El Socio", ya que
en mi época de estudiante era uno de los libros comprendido en el
programa educacional. Pero este periodista-escritor, también tiene
otros escritos, los que han leído a Luigi Pirandello (Premio Nobel de
Literatura), nos hace recordar algunos de sus escritos. "La renta
vitalicia", un cuento entretenidísimo.
Los dejo entonces con una mini biografía de Jenaro Prieto y dos de sus escritos referentes a nuestros parlamentarios.
Jenaro Prieto.
Uno
de los nombres sobresalientes del periodismo chileno es Jenaro Prieto,
cuya producción apareció en forma primitiva en El Diario Ilustrado de
Santiago.
Además tres antologías de textos suyos fueron formadas
con el curso del tiempo: Pluma en Ristre (1925), Con Sordina (1930) y
Humo de Pipa (1955), incluyéndose allí los escritos humorísticos de
mayor permanencia. Propósito análogo cumple la que el lector tiene en
sus manos.
Escribió dos novelas que según el decir de los
críticos son de señera ubicación en la literatura chilena: “Un muerto
de mal criterio”(1927) y “El Socio” (1929). Esta última, que podría ser
calificada de pirandeliana historia, ha sido traducida a diversos
idiomas y hasta ha servido de guión para una película que se filmó en
México. Finalmente, hay una publicación póstuma, “La casa vieja”
(1957), que mucho tiene de autobiográfíca.
En su calidad de
redactor de un importante órgano de prensa, Jenaro Prieto colaboró en
forma regular desde 1912 hasta 1945, siendo por ello autor de varios
miles de artículos suscritos con la inicial de su apellido. Diversos
regímenes políticos que no gozaron de su afecto se sucedieron en dicho
lapso: las primeras administraciones de los Presidentes Arturo
Alessandri Palma y Carlos Ibáñez del Campo y el Frente Popular,
inaugurado con la ascensión al poder de Pedro Aguirre Cerda en 1938.
¡¡ Vamos con sus escritos !!
"ESCENAS PARLAMENTARIAS"
En la sala de "once" de la Cámara reina una animación indescriptible.
Se
cruzan las galantinas, se atropellan los sandwiches, y unos como
relámpagos multicolores señalan el veloz paso del oporto, el jerez, la
menta y el benedictine.
Hay razón para la fiesta. La Cámara ha solucionado el problema de la alimentación.. ., por lo menos en cuanto a ella se refiere.
El
lunch sigue siendo gratuito, y los licores, cuyo consumo se había
acordado pagar en vista de las protestas de la prensa, han vuelto a ser
de cuenta del Estado.
Por acuerdo tácito, los representantes del
pueblo reconsideraron su anterior determinación, y resolvieron que los
licores no debían ser pagados.
¡Qué otra cosa iban a hacer! Los
alimentos —y más todavía las bebidas finas— están ahora por las nubes;
las once de la Cámara cuestan trescientos mil pesos al año.
¿Cómo imponer un gasto semejante a los representantes del Congreso?
—¡Esta resolución merece trago! —exclama un diputado liberal.
—¡A la salud de la Alianza! —contesta un conservador.
—¡Y de la Coalición! —retribuye, gentilmente, un radical.
—¡Y
hay todavía quienes hablan de la carestía de los alimentos! —añade en
tono convencido un joven parlamentario que ha convidado a tres amigos
de provincia para que vean "cómo se tratan" en Santiago los
representantes del pueblo.
Los diputados demócratas guardan un
discreto silencio. El pavo asado, los espárragos, la langosta y las
abundantes libaciones no les dejan espacio para hablar.
De pronto suena un timbre. Va a comenzar la segunda hora.
—Apúrese,
compañero —dice uno que ha logrado dominar al sandwich con que luchaba
encarnizadamente—. ¡Apúrese, que a usted le toca hablar!
El
interpelado, rojo, con los ojos saltados de sus órbitas, hace signos
afirmativos, mientras se esfuerza, alternativamente, por arrancar la
servilleta, mantenida por la presión abdominal contra el inflexible
chaleco, y por depositar en los bolsillos las viandas susceptibles de
transporte.
—¡Rápido, compañero, que el tiempo no da espera!
—¡Voy!
¡Voy! ¡Qué apuro! —clama por fin el desgraciado, entre dos atoros
formidables, y se dirige a paso rápido hacia la sala de sesiones.
—Señor
presidente —dice, limpiándose un bigote hirsuto, que se creería de foca
en plena pesca, a juzgar por los pedazos de langosta, anchoas y toda
especie de mariscos que se enredan a sus hebras—.
Señor
presidente: como representante de las clases trabajadoras, como
proletario que experimento en estos instantes todos los horrores del
hambre y la miseria, me he creído en el deber de hacer presente a la
Cámara la situación de nuestro pueblo.
No es posible, no es
tolerable, que mientras unos cuantos privilegiados de la fortuna se
hartan con los más ricos manjares, a costa de todo el resto del país,
nosotros, los desposeídos de la suerte, carezcamos de un mendrugo con
que apagar nuestras ansias.
Los diputados de los diversos
bandos, bajo la influencia conciliadora y benévola de una común
digestión, asienten con la cabeza a las sinceras palabras del colega.
El
orador continúa, cada vez más fogoso, hablando en nombre de la miseria,
la carestía de los alimentos, el hambre y la inanición.
Nadie se
acuerda, en ese instante, de los trescientos mil pesos en once que
consume la Cámara y del acuerdo tácito que establece nuevamente la
gratuidad de los licores.
—¡No hay paciencia, señor presidente
—termina diciendo el orador—, para mirar en silencio que un grupo de
individuos dé rienda suelta a la gula, en tanto que los demás perecen
de hambre y de indigencia!
¡Sepa la Cámara que el pueblo no puede tolerar esa ignominia, y el pueblo no la tolera!
Al
dejar la palabra el diputado interpelante, en medio de la aprobación de
sus colegas, se recuerda de los sandwiches guardados en sus bolsillos,
y contesta en voz baja a uno de los vecinos, que lo felicita:
—Tal vez he exagerado. ¡Creo que el público tolera!
SE DISCUTE EL MENÚ
También
en la Comisión de Política de la Cámara suele haber, como en ella, sus
días borrascosos, sus acalorados debates y sus trascendentales acuerdos.
El viernes último fue uno de esos días.
La
Comisión, justamente alarmada con la noticia de que en una sola jornada
los diputados de todos los bancos habían consumido en extras 350 huevos
—-cifra rigurosamente exacta—, y sólo en la mesa de los representantes
demócratas —que son los más voraces— se habían consumido once botellas
de oporto condecorado, resolvió adoptar una resolución suprema y citó a
reunión al efecto.
Bajo la presidencia accidental de don Carlos
Alberto Ruiz, por ser el de "más peso" y el más representativo de la
Comisión, se reunieron, pues, los miembros, señores Róbinson Paredes,
Manuel Cruzat, Roberto Sánchez, Ramón de la Vega, Joaquín Irarrázaval,
Onofre Bunster y Luis Salas Romo, y se puso en tabla el proyecto de
disminución de los consumos o de racionamiento de los diputados.
—Pido la palabra —dijo el señor Cruzat Vicuña.
—La tiene el señor diputado.
—La
difícil situación por que atraviesa el erario nacional, y en especial
el alza creciente de los artículos alimenticios, ponen al representante
de Melipilla en el duro caso de pedir a los honorables miembros de la
Comisión que inicien una revisión del menú que, con tanto acierto, ha
venido, hasta ayer, rigiendo los estómagos de los honorables diputados.
Por mi parte, he realizado un estudio concienzudo sobre el
particular, llegando a la conclusión de que así como el presupuesto
puede dividirse en gastos fijos y variables, las partidas que componen
el menú de la Cámara se dividen en dos partes esenciales: fría y
caliente. El diputado que habla se atrevería a insinuar la supresión de
la segunda, empezando por el consomé. . .
El señor De la Vega. —¡La dieta de los diputados es sagrada!
El señor Cruzat. —Pero el consomé no es la dieta.
El
señor Salas Romo. —Ese es un distingo escolástico que los diputados
radicales no podemos aceptar. El consomé y la dieta son igualmente
caldos de gallina, y es inadmisible que se haga entre ellos diferencia.
Varios diputados. —¡Que se vote, señor presidente!
El señor Ruiz. —En votación.
El señor De la Vega. —Voto que sí, en la inteligencia de que se mantendrán los demás guisos calientes.
El
señor Ruiz (presidente). —Ruego, en obsequio de la brevedad, que los
señores diputados se abstengan de fundar sus votos. Estamos en la
votación particular del consomé.
El señor Sánchez. —Protesto de
la actitud de la mesa, señor presidente. De acuerdo con el reglamento,
debe ponerse en discusión, primero, el proyecto general de supresión de
todos los guisos calientes del buffet. ..
El señor Irarrázaval. —¡Pido la palabra!
El
señor Paredes. —¿Y los choros, señor presidente? Solicito un
pronunciamiento previo de la Comisión en el sentido de que los choros,
ya sean fríos o calientes, no quedan comprendidos en la discusión
general, ni en la particular, ni en ninguna discusión.
El señor Ruiz (presidente). —Por ahora se va a votar el consomé. ..
El señor De la Vega. —No, señor, no; que no lo boten; que me lo den a mí en ese caso. . .
El
señor Ruiz (presidente). —Ruego a la honorable Comisión que proceda con
calma. Se trata del consomé y sólo quedan exceptuados de la discusión
los huevos, por ser un simple agregado de ese líquido. . .
El señor Paredes. —¡Su Señoría está defendiendo los huevos!
El señor Ruiz (presidente). —¡Llamo al orden al señor diputado!
El
señor Paredes. —¿Por qué no se me permite que defienda los choros? Como
represen¬tante de Talcahuano, de una región marítima que vive, como
muchos de mis colegas, de la pesca, estoy en el deber de hacerlo.
Varios diputados. —¡Que se vote, sí, señor! ¡Que se vote!
Después
de un acalorado debate, el consomé es rechazado por 5 votos contra 2 y
una abstención, la de uno de los diputados, que es enemigos de los
"caldos y demás cosas demasiado claras", como dijo al discutirse el
proyecto.
Una votación más apretada aún se produjo al tratarse
de los demás guisos calientes, en la cual, para llegar a algún
resultado práctico, fue preciso aceptar una transacción.
En
obsequio al señor Ruiz, se aceptó, en efecto, hacer una excepción en
favor de los huevos, autorizando un máximum de tres por cada diputado.
Igual acuerdo se aprobó con respecto a los choros, a petición del señor
Paredes.
En el debate que siguió a continuación, sobre la
supresión de las bebidas alcohólicas, los partidarios de ella ganaron
la votación con el voto del señor Salas Romo, quien pidió y obtuvo en
cambio el mantenimiento de la chicha.
El menú de las once quedó, pues, en la siguiente forma:
Un fiambre de carne con derecho a huevos y mariscos.
Dulces secos.
Café, té y chocolate.
Vino blanco y chicha.
Se
han suprimido, en consecuencia, los guisos calientes, los licores y los
dulces en almíbar, lo que significa una importante economía.
Aplaudamos, pues, el patriotismo de la Comisión de Política.
Año 1921.
Fotografías: 1) Jenaro Prieto, fotografía del Archivo del Escritor,
Biblioteca Nacional. 2) Fotografía de nuestro Congreso. 3) La "galería"
protestando. El público que asiste a algunas sesiones, alza su voz para
"apoyar"un tema, foto de "Red de Acción por la Justicia Ambiental y Social". 4)Dibujo de Hernán Vidal, uno de nuestros ilustradores, en su libro "El Pequeño Corrupto Ilustrado". Hacer clic en su nombre y verán su perfil en nuestro.cl. Página Nuestro.cl
es una comunidad virtual en
torno a la valorización
de nuestro patrimonio cultural
y a la construcción colectiva
de nuestra identidad.
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